Antiguo Retablo Mayor
Ad majorem Dei gloriam
La historia artística de nuestra iglesia arciprestal vivió un momento de máximo esplendor durante el siglo XVII, convirtiéndose en un referente indiscutible del arte valenciano. Aunque las vicisitudes del tiempo hicieron que estas joyas artísticas desaparecieran en el año 1936, su memoria y su belleza siguen vivas en el recuerdo de nuestra comunidad gracias a las fotografías y documentos de la época que se han logrado conservar.
La obra cumbre de nuestro templo fue, sin duda, su desaparecido Retablo Mayor. Su historia comenzó en el verano de 1674, cuando se decidió su construcción convocando un concurso de diseño en el que participaron cinco escultores. El proyecto elegido fue el de Tomás Sanchis, un artista que volcó en él todo su ingenio y que contó con la maestría del ensamblador Rodrigo López para llevar la obra del papel a la madera. El resultado fue una imponente estructura de colosales dimensiones que combinaba la arquitectura y la escultura de una manera monumental.
Estéticamente, el retablo fue una obra muy innovadora para su tiempo al incorporar diez grandes columnas salomónicas —aquellas que tienen forma de espiral— ricamente decoradas con motivos de hojas de vid y racimos de uvas, que servían como un hermoso recordatorio visual de la Eucaristía. Además, el retablo poseía una ingeniosa maquinaria litúrgica: su cuerpo central era giratorio. Según la época del año, los fieles podían contemplar una escena u otra. Durante las celebraciones ordinarias se mostraba la imagen de la Asunción de la Virgen, pero al llegar la Semana Santa o las misas de difuntos, el mecanismo giraba para mostrar un imponente Calvario con el Crucificado, la Virgen María y San Juan. El resto del conjunto se completaba con hornacinas que albergaban las imágenes de San Pedro, San Pablo, San Juan Bautista, San Vicente Ferrer y San Vicente Mártir, todo coronado en lo más alto por la figura del arcángel San Miguel y las armas de la villa. Años más tarde, en el siglo XVIII, todo este conjunto se cubrió con pan de oro, haciendo que el presbiterio brillara con una luz dorada imponente.
Esta fiebre artística del siglo XVII no se limitó al altar mayor. Poco después se encargaron los dos altares laterales del crucero al escultor valenciano Antonio Ribes, dedicados a San Vicente Ferrer y a San Miguel. Eran obras de un gran dinamismo que albergaban también otras devociones muy queridas por los vecinos, como una imagen de la Purísima que presidía las fiestas de las Hijas de María, una talla de San Francisco Javier y otra de San Luis Gonzaga. Al igual que el altar mayor, estos retablos laterales acabaron siendo dorados a mediados del siglo XVIII.
Aunque las pérdidas de 1936 nos privaron de estos retablos y del espectacular retablo de la Capilla de la Comunión —también obra de Rodrigo López—, todavía hoy podemos admirar el talento de aquellos maestros en nuestro templo. El propio Rodrigo López fue el artífice de las puertas de madera taraceada de la iglesia. Talladas con un virtuosismo excepcional, en ellas podemos contemplar a los dos patrones de la villa, San Miguel y San Vicente Ferrer. Son el testimonio vivo de una época en la que los mejores artistas de la región unieron sus fuerzas y su fe para embellecer nuestra parroquia y convertirla en un verdadero reflejo de la belleza de Dios.
Otras imágenes....

