El Baldaquino de la Basílica

"Per ipsum et cum ipso et in ipso,".  


La iglesia de la Asunción sufrió la pérdida irreparable de los 12 retablos barrocos quemados durante los acontecimientos de la revolución social de julio de 1936. El retablo mayor era excepcional, tanto por la calidad estética como por su carácter innovador en la incorporación de elementos barrocos. El presbiterio quedó con una gran desnudez, sin el órgano, la sillería de madera de nogal del coro, las esculturas y los cuadros que lo revestían. Cuando acabó la guerra se quiso solucionar la desnudez del presbiterio con la instalación de una gran escultura de la Virgen de la Asunción dentro de un nicho sencillo que se ubicó en medio del enorme muro de la cabecera del presbiterio, obra del taller de Vicente Bellver.

Durante la posguerra se construyeron los actuales retablos de madera del crucero y el púlpito. No obstante, la mayoría de las ocho capillas laterales se revistieron con unos altares que solo tienen unos nichos simples para acoger las imágenes. Más adelante, a principios de los años setenta, se decidió construir un nuevo retablo para el presbiterio que reprodujera el destruido. Se diseñó un esbozo de la parte arquitectónica del retablo y se valoró su coste, que incluso llegó a cuantificarse, pero ante la magnitud del proyecto la idea se abandonó cuando la catedral decidió desmontar el baldaquino y la Asunción vio la posibilidad de reclamarlo.

En los años setenta se había iniciado la demolición de la arquitectura neoclásica de la catedral de Valencia para recuperar el aspecto del gótico inicial. Una de las piezas que ya no interesaba era el baldaquino de estilo neoclásico que se había construido e instalado el año 1941 en el crucero, bajo el cimborrio, para encubrir el altar mayor. Además también había interés en ampliar el espacio litúrgico del templo y el baldaquino molestaba. Es entonces cuando la arciprestal de Llíria tuvo la oportunidad de pedir al arzobispo que el baldaquino se trasladara a la Asunción y así solucionar de manera definitiva la desnudez que tenía el enorme presbiterio. Cabe recordar que en un principio la colegiata de Xátiva también se interesó por el baldaquino.

El baldaquino catedralicio tiene unos orígenes y una historia curiosa que es bastante desconocida. Cuando finalizó la Guerra Civil se hicieron unas obras en la catedral para reparar los daños y dotarla de más capacidad. Por tal motivo se decidió desmontar el coro que estaba situado en medio de la nave central y trasladarlo al presbiterio. También se desmontó el trascoro, la parte posterior del coro, que tenía un retablo neoclásico instalado en 1777. Este retablo sustituyó a otro gótico que se había desmontado para trasladarlo a la aula capitular, actualmente capilla del Santo Cáliz.

Es entonces cuando en 1940 el cabildo metropolitano encomendó la construcción del citado baldaquino reutilizando los materiales y elementos ornamentales procedentes del retablo del trascoro neoclásico desmontado. El encargo se lo hicieron a Vicente Traver, uno de los más prestigiosos arquitectos valencianos del siglo XX, con obra sobre todo en las ciudades de Sevilla, Valencia y Castellón. También fue arquitecto diocesano de Tortosa y de la archidiócesis de Valencia con obras como el palacio arzobispal o el seminario de Moncada. En la obra civil cabe destacar su intervención en el edificio del antiguo Banco de Valencia en la calle de las Barcas de la capital, donde se encargó de todo el proceso ornamental de la fachada.

Vicente Traver utilizó prácticamente todas las piezas del retablo del trascoro neoclásico desmontado para construir el baldaquino y se inspiró en los que había en las basílicas mayores de Roma. Por lo tanto, hemos de tener presente que el baldaquino se diseñó y se empezó a montar en 1940 pero casi todos los materiales y ornamentación que lo componen son del año 1777, es decir, son de estilo neoclásico, que es lo que entonces estaba de moda y se utilizó en la catedral de Valencia para tapar el gótico inicial. Cabe indicar que los arquitectos que dirigieron la renovación neoclásica de la catedral fueron Antonio Gilabert y Lorenzo Martínez, considerados unos de los más prestigiosos de la Valencia del siglo XVIII.

Los mármoles que se utilizaron en el retablo del trascoro neoclásico y por lo tanto en el baldaquino son nobles y de gran belleza: mármol ónix, carrara, rosa buscarró, mármol negro del país y también jaspe. Todo esto se puede comprobar en las fotografías que ilustran este artículo, en las cuales podemos ver el retablo del trascoro neoclásico de la catedral y el baldaquino, tanto cuando estaba instalado en la catedral de Valencia como actualmente en la Asunción de Llíria. Observamos que las columnas, con sus capiteles corintios dorados, y las basas de mármol negro que las sustentan son las mismas que las del trascoro, como también lo son los jarrones decorativos de su parte superior y que en el baldaquino están ubicados en los extremos del arranque de la cúpula. También la parte superior del baldaquino, con los rectángulos de mármol negro y rosa, procede de la cornisa del retablo del trascoro. Para darle más altura a las cuatro columnas se les añadió en la base unos soportes nuevos de mármol rosa con decoración vegetal. La cúpula del baldaquino está rematada con una cruz que se llama arzobispal y que tiene doble brazo. Es un símbolo que se utiliza para representar que el obispo de la diócesis tiene la dignidad de arzobispo.

El deseo del cabildo metropolitano era tener un baldaquino suntuoso y de gran calidad artística porque lo querían destinar para acoger la reliquia del Santo Cáliz que debía estar expuesta en el altar mayor de la catedral. Cabe recordar que esta reliquia se veneraba de manera pública desde el año 1916 en el aula capitular, convertida en capilla del Santo Cáliz. Incluso la prensa valenciana del inicio de los años cuarenta se entusiasmó con la posibilidad de dedicar la catedral al Santo Cáliz. Pasados unos años, finalmente el cabildo catedralicio abandonó este proyecto y la reliquia del Santo Cáliz continuó expuesta para su veneración pública en su capilla de la antigua aula capitular. 


El traslado del Baldaquino a la Arciprestal

El baldaquino se trasladó a la actual basílica lliriana en el verano de 1977. De esta manera, y como ya he dicho anteriormente, se le daba una solución definitiva al tema de revestir el enorme presbiterio, que tiene una altura de casi 20 metros, cuando el baldaquino tiene 10. Asimismo también se instaló allí el gran órgano de tubos procedente de la iglesia de la Compañía de Jesús en Valencia, así como se pintaron los muros imitando la decoración a base de esgrafiados tan presentes en la iglesia. Todo con la intención de recuperar en parte la magnificencia que tenía el anterior presbiterio barroco.

El baldaquino llegó a Llíria desmontado en unos grandes camiones. Se tuvo que desmontar la parte del muro de la escalinata que coincidía con la puerta de la iglesia. Se construyó una rampa para que pudiera entrar una gran grúa y se cubrió el suelo del interior del templo con maderas para que el peso de la máquina se repartiera mejor, y también se montaron unos raíles para facilitar el desplazamiento de las piezas. De esta manera la grúa pudo instalar el baldaquino pieza a pieza.


El Sibolismo

el simbolismo eucarístico que tiene el baldaquino y que justamente coincide con los mismos valores que impuso la Contrarreforma a los templos como el de la Asunción, donde la eucaristía debía estar muy presente, como ahora veremos con tres ejemplos. En primer lugar, con la construcción de una capilla de la comunión, aspecto pionero en la arquitectura valenciana gracias a las recomendaciones del arzobispo Isidoro Aliaga, que seguía el ejemplo de lo que entonces se hacía en Roma. Un segundo ejemplo es el relieve de la fachada-retablo situado en un lugar bien visible, encima de la puerta de acceso, donde se representa la eucaristía tan atacada por los protestantes, los cuales no creían que Cristo estuviera presente. Un tercer ejemplo se encuentra en el tercer cuerpo de la fachada, encima de la hornacina de San Miguel, donde aparece un relieve que en ocasiones se ha confundido con la mítica ave fénix, pero que en el contexto del espíritu eucarístico tridentino que tiene el templo debe asociarse al pelícano, emblema representativo de la eucaristía.

El uso de los baldaquinos tomó más fuerza a partir del Concilio de Trento y se extendió sobre todo en catedrales y basílicas para realzar el misterio eucarístico. Además, el baldaquino de la Asunción que, como ya he dicho anteriormente, se construyó para acoger el Santo Cáliz en la catedral de Valencia, contiene un texto escrito en latín que refuerza su carácter eucarístico. Este texto está transcrito en su parte superior, en la base que sustenta la cúpula. Dice así:

Per ipsum et cum ipso et in ipso,

est tibi Deo Patri omnipotenti,

in unitate Spiritus Sancti,

omnis honer et gloria.


Su traducción es la siguiente:

Por Él, con Él y en Él,

a ti, Dios Padre omnipotente,

en la unidad del Espíritu Santo,

todo honor y toda gloria.

Es la plegaria eucarística que el sacerdote recita después de la consagración en la misa y antes de entrar en el rito de la comunión.

Pero es que, además, la parte superior del baldaquino está llena de alegorías eucarísticas; en concreto hay ocho repartidas en la parte inferior de la cúpula: el anillo pascual, el ciervo, racimos de uva, una cesta con pan, las palomas eucarísticas... La más destacada es la que está en la parte más visible para los fieles: es, ni más ni menos, una reproducción de la reliquia del Santo Cáliz. En definitiva, estamos ante un baldaquino donde el arquitecto Vicente Traver supo reflejar muy bien todo el espíritu eucarístico que pedía el cabildo metropolitano, ya que tenía que ser el lugar donde se expusiera la reliquia del Santo Cáliz para su veneración pública.

Observa los diferentes momentos del Presbiterio: